Prensa Internacional: NICARAGUA

 

 

EL NUEVO DIARIO

Managua, Nicaragua

Miércoles 19 de marzo de 2008.   Edición 9914


 

CULTURA

“El Nica y su excelencia”

 

 

Por Jorge Eduardo Arellano

 


 

Una kilométrica cola de nicas de a pie esperando pacientemente adquirir su visa en el consulado de Costa Rica me ha recordado la interpretación escénica de César Meléndez, titulada precisamente “El Nica”.

 

 

Apología del ser nicaragüense --pese a todas las desgracias e infortunios colectivos que ha implicado este destino, la obra escrita y representada en el escenario por César Meléndez posee la perfección de las obras maestras.

 

 

En este caso, la de un monólogo de tal excelencia que nunca habíamos admirado. Además, trasciende el género, cuyo desarrollo en Nicaragua durante las últimas dos décadas no ha sido despreciable. Incluso se ha mantenido anualmente un festival de monólogos de cierta calidad, en el cual han participado obras nacionales y extranjeras.


 

Pero la de César Meléndez resulta excepcional. No sólo por el despliegue de sus múltiples recursos actorales --que mantienen al espectador atento y emotivamente sensible durante más de dos horas, salpicadas de un permanente humor de raíz güegüensiana--, sino por la profundidad metafísica, la reflexión sobre la realidad social del problema que desarrolla y su mensaje o llamado a la convivencia entre dos pueblos centroamericanos.

 


 

En esencia, “El Nica” es una tragedia: la de nuestros emigrantes en extrema pobreza hacia Costa Rica, donde se han consolidado como mano de obra barata --sobre todo en el área de la construcción, de la recolección agrícola y de los servicios urbanos-- desde hace muchos años. Sin embargo, han sido conceptuados por la generalidad de los costarricenses como “los otros amenazantes”.

 

 

 

Meléndez parte de ese fenómeno que se remonta a los años insurreccionales previos a la caída del régimen de Somoza y ha tenido diversos flujos posteriores que, en definitiva, han proyectado su “nicaragüanidad” cultural en el país vecino, “nicaragüanizándolo” en muchos aspectos y sentidos.


 


No cabe en estas líneas referirnos ampliamente a ella. Pero es necesario afirmar que nuestras empleadas domésticas, por cierto bien tratadas por las clases medias y altas de Costa Rica, tienen algún tiempo de haber modificado los hábitos alimenticios en dicho país. Y no sólo eso: la personalidad imaginativa, los recursos léxicos, la música y otros elementos de nuestros emigrantes han incidido fuertemente en el mismo ámbito.

 




Representante por antonomasia de ellos es César Meléndez. Primera voz de un conjunto musical “nica”, acaso él no sufrió las desgracias de la mayoría de sus coterráneos adaptados por necesidades primarias al medio costarricense; pero las ha resumido y llevado a las tablas en forma espléndida y sorprendente.

 

 

 

Espléndida, porque el protagonista se ríe, se carcajea, se lamenta, llora, ora, insulta, increpa, se burla de sí mismo, blasfema, dialoga con un crucifijo --el único amigo que posee--, interroga, afirma y proclama su humanidad, haciendo un llamado a la compasión humana. Y sorprendente, porque uno vive y comparte los sentimientos y las angustias del protagonista, palpa la injusticia del trato recibido por los patronos --a quien Meléndez ridiculiza en una parodia digna de nuestro espíritu burlesco-- y siente orgullo por la autoestima que, explícitamente, Meléndez prodiga.

 




Eso sí: cabe señalar que este actor no pudo haber surgido en Nicaragua, sino en Costa Rica. De hecho, su obra constituye la culminación de sus estudios dramáticos en San José. Por ello, hasta cierto punto, debe a los costarricenses su formación, lo cual es imprescindible reconocer. Sin embargo, la nicaragüanidad que Meléndez manifiesta no tiene antecedentes. Y, en la actualidad, no existe otra obra literaria que la contenga, mucho menos que la supere.




Por otro lado, el éxito de taquilla que ha tenido esta obra también carece de antecedentes. Ningún otro monólogo ha convocado a tantos espectadores como esta obra que renueva el género, como ya lo he apuntado. Realmente, es más que un monólogo. En efecto, tiene cuatro o cinco interlocutores, por lo menos: Cristo (representado por el crucifijo), el patrón explotador, la esposa que se quedó en Nicaragua y el público a quien se dirige constantemente. El suscrito sólo ha disfrutado una vez la obra.




Pero bastó esta ocasión para apreciar sus valores. Meléndez es actualmente una de las voces más representativas y uno de los artistas de nuestro país más destacados en el extranjero. En las representaciones de su obra en San Francisco y en Los Ángeles, el público –“nica” o latino– salió llorando a “moco tendido”, según me lo reportaron por correo electrónico. Sólo en Miami, a pesar de ser aplaudido unánimemente, tuvo unas críticas orales insustanciales. Por ejemplo: el supuesto abuso “vulgar” del habla nicaragüense y el trato irrespetuoso con el crucifijo, sin entender que el protagonista --completamente sin nadie en el mundo-- está alienado y sólo tiene sostén existencial un apoyo: Cristo. Tampoco, seguramente por su exilio de tantos lustros, los “nicas” de Miami se han olvidado de la espontaneidad y riqueza aparentemente mal sonante de la dicción y del vocabulario de nuestro pueblo.




En fin, “El Nica” perdurará en la medida que su factor creador desencadenante deje de ser un problema latente. Y en la medida que Meléndez conserve sus inagotables recursos, pues el dominio de ellos lo impulsa a improvisar en las diversas representaciones. Sólo falta que traslade a una publicación escrita el texto de su monólogo, con las debidas indicaciones dramáticas, para servir de base a un estudio detallado y a una valoración más completa de su excelencia.


 


Jorge Eduardo Arellano
jarellano@bcn.gob.ni

 


 

Jorge Eduardo Arellano

 


Jorge Arellano es Historiador de Arte, de las Letras y la Cultura Nicaragüense y autor de casi un centenar de libros, nació en Granada en 1946. Doctor en Filología Hispánica (Universidad Complutense, Madrid), Documentalista y especializado en Lexicografía Hispanoamericana (Universidad de Augsburgo, Alemania).

 


Fue embajador de Nicaragua en Chile (marzo, 1997 - febrero, 1999). Desde enero de 2002, es el Director de la Academia Nicaragüense.

 


Dirige la revista Lengua y el Boletín Nicaragüense de Bibliografia y Documentacion (Biblioteca, Banco Central de Nicaragua).

 


Ha obtenido diez premios, entre ellos el "Nacional Rubén Darío" (1976 y 1996), el de la mejor tesis para graduados hispanoamericanos en España (1986) y el convocado por la Organización de Estados Americanos (OEA, 1988), con motivo del centenario de "AZUL" de Rubén Darío.